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06- Redes de “think tanks”, fundaciones, empresarios, dirigentes sociales, economistas, periodistas y otros profesionales en la promoción de ideas (neo)liberales a escala mundial
Daniel Mato


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El propósito de este texto es analizar las orientaciones y modalidades de acción de algunas redes transnacionales de “think tanks”, fundaciones privadas, empresarios, dirigentes políticos y sociales, economistas, periodistas y otros profesionales, dedicadas a la producción y difusión mundial de ideas “neoliberales”2.

Para ello, estudiaré principalmente las prácticas y orientaciones de discurso de tres instituciones privadas que han jugado papeles clave en la promoción de ideas (neo)liberales a escala mundial: la Sociedad Mont Pelerin, el Institute of Economic Affairs (IEA) y la Atlas Economic Research Foundation. Si bien estos actores socia- les han estimulado el desarrollo de redes de colaboración a escala mundial, y continúan haciéndolo, en este artículo sólo complementaré el análisis de sus prácticas con referencias a las de algunas organizaciones relacionadas con ellos que están basadas en América Latina. Debido a limitaciones de extensión de este artículo no me ocuparé acá de otras redes que se despliegan en Europa, Asia, África, Oceanía, Estados Unidos y Canadá, de cuya existencia e importancia no obstante, me parece imprescindible dejar constancia para que no perdamos de vista que se trata de redes y procesos verdaderamente globales, es decir, de alcance prácticamente planetario.

Estas redes cuentan con la participación activa no sólo de las respectivas instituciones que las promueven, sino también de numerosos centros de investigación y difusión de ideas (neo)liberales a los que sus participantes suelen llamar “think tanks”, fundaciones privadas, empresarios y cámaras empresarias, dirigentes políticos y sociales, economistas, sociólogos, politólogos y otros profesionales, profesores universitarios y otros educadores, escuelas universitarias de economía, negocios y comunicación, periodistas y otros formadores de opinión pública, así como de algunos periódicos y revistas.

Un segundo propósito de este estudio, y en general de la línea de investigación de la que forma parte, es mostrar la significativa importancia de los aspectos de producción de sentido (o bien culturales, o simbólico-sociales) y comunicacionales (que, como mostraré en estas páginas, no se limitan a asuntos relativos a “los medios”) en la orientación de algunos importantes procesos sociales contemporáneos.

Para facilitar la exposición comenzaré por presentar brevemente algunas categorías que utilizo en el análisis.

Utilizo la expresión genérica actores sociales transnacionales para referirme combinadamente a cuatro tipos de actores sociales que para algunos propósitos del análisis resulta necesario diferenciar en términos del alcance geopolítico de sus prácticas.

Según el contexto, con ésta hago referencia tanto a actores globales y actores regionales (supranacionales), como a aquellos actores nacionales y locales que sea ocasional o habitualmente participan en redes transnacionales. Llamo actores globales a aquéllos cuyo ámbito de acción es el mundo, algunos ejemplos de este tipo de acto- res son el Banco Mundial (BM), la UNESCO, Greenpeace y Amnistía Internacional, como también lo son las tres instituciones ya mencionadas que constituyen el principal foco de atención de este artículo. Actores regionales son aquéllos cuyo ámbito de acción es una región geopolítica supranacional específica. Algunos ejemplos de este tipo de actores son el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la Asociación Latinoamericana de Sociología y la Coordinadora de Organizaciones Indígenas de la Cuenca Amazónica. Por razones de comodidad expositiva eventualmente utilizo la expresión actores globales para referirme simultáneamente a los propiamente globales y a los regionales; lo hago particularmente cuando a efectos del análisis específico de un caso esta diferenciación no es significativa. Conviene enfatizar que el carácter global sólo alude al alcance de sus prácticas, no al de la formación de las representaciones y valores que guían sus programas y políticas, el cual habitualmente tiene significativos referentes geopolíticamente más restringidos, sean estos locales o nacionales de su lugar de origen y/o de toma de decisiones (ver Mato, 1996: 14-17).

El tercer y cuarto tipo de actores incluidos en la designación genérica de “transnacionales” corresponden a aquéllos cuyos ámbitos de acción en principio están nacionalmente circunscriptos. Se trata de los actores sociales nacionales y de los locales (que desarrollan sus prácticas a escala de estados, provincias, departamentos o municipios), los cuales ocasional o habitualmente participan en redes transnacionales (ver Mato, 2001, 2003, 2004a). Según el contexto, puedo ocasionalmente utilizar simplemente el calificativo de locales, o bien el de nacionales, para referirme a ambos grupos de manera más abreviada3.

Lo importante del caso es que las redes transnacionales vinculan entre sí a diversos tipos de actores sociales dedicados a una amplia gama de formas y propósitos de acción social, y al hacerlo atraviesan fronteras nacionales, de allí precisamente el uso del calificativo transnacional. Siguiendo una tradición establecida ya hace décadas en el campo de los estudios internacionales utilizo el adjetivo transnacionales para referirme a las relaciones que involucran la participación de al menos un actor no-gubernamental, para diferenciarlas de las prácticas y relaciones llamadas internacionales, calificativo que habitualmente se usa para designar las relaciones establecidas por organizaciones gubernamentales de diversos países entre sí y/o con organizaciones intergubernamentales (Keohane y Nye, 1971).

Debido a que las interpretaciones del mundo contemporáneo expresadas por numerosos políticos, empresarios, economistas y profesores de escuelas de negocios, periodistas y otros formadores de opinión suelen equiparar las ideas de “neoliberalismo” y “globalización”, creo necesario enfatizar que estas dos expresiones de ningún modo son equivalentes. Constatar que no sólo esos tipos de actores sociales utilizan estas expresiones como equivalentes, sino que, de forma reactiva, también lo hacen diversos actores sociales que dicen oponerse a la liberalización mundial de las actividades económicas, me hace pensar que aclarar este asunto es aun más necesario. “Neoliberalismo” y “globalización” no son sinónimos. Tomarlos como tales cierra de antemano muchas posibilidades de análisis, las mismas que precisamente necesitamos abrir.

La idea de “globalización” suele ser un elemento clave en dos variedades alternativas de discursos igualmente fundamentalistas, unos la demonizan y otros hacen su apología. En ninguna de estas dos variedades solemos encontrar análisis cuidadosos, sólo posiciones bastante apriorísticas. La mayoría de quienes demonizan la globalización, como la mayoría de quienes hacen su apología, comparten un error de base: fetichizan eso que llaman “globalización”. Es decir, representan eso que llaman “globalización” como si se tratara de una suerte de fuerza suprahumana que actuaría con independencia de las prácticas de los actores sociales. Para el caso, da igual si la consideran una suerte de destino histórico de la especie, o bien si la atribuyen a facto- res meramente económicos o tecnológicos, lo importante es que no se detienen a analizar cómo diversos actores sociales participan en la producción de formas específicas de globalización (Mato, 2001).

Por otra parte, algunos de quienes comparten la visión simplista que equipara globalización y “neoliberalismo” asumen que ésta resulta exclusivamente de la voluntad de un número reducido de gobernantes y tecnócratas. Adicionalmente, quienes participan de esta manera de ver suelen pensar la globalización como si ésta no fuera otra cosa que un montón de acuerdos económicos orientados por la idea de liberalización de las actividades económicas, más las transacciones económicas que se dan en tal marco jurídico de inspiración “neoliberal” y las que consideran sus consecuencias económicas y sociales.

El carácter hegemónico de las interpretaciones economicistas del mundo y de la vida social es un rasgo saliente de la vida contemporánea (ver Mato, 2004b). Sin embargo, eso no significa que globalización y “neoliberalismo” sean sinónimos. No, los procesos sociales son asuntos mucho más complejos que esa representación reduccionista. Por eso necesitamos aproximaciones teóricas a los procesos de globalización contemporáneos que nos ayuden a analizar cómo un cierto conjunto de ideas y políticas (por ejemplo el “neoliberalismo”) se ha “globalizado”; es decir, cómo ha adquirido un alcance planetario. Este trabajo analítico no puede confundirse con el de enunciar los nombres de unas cuantas instituciones emblemáticas y así eludir todo análisis con sólo nombrar al Fondo Monetario Internacional (FMI). No, el asunto es analizar cómo la globalización de estas ideas y políticas (su producción y reproducción a escala planetaria) procede no sólo del accionar de estas instituciones emblemáticas, sino también de las prácticas de numerosas otras, incluyendo en esto a actores sociales específicos en distintos contextos nacionales y transnacionales.

Además, es necesario diferenciar entre lo que podríamos llamar la globalización de las ideas y políticas (neo)liberales y otros procesos de globalización, es decir, otras formas de producir otros complejos de interrelaciones de alcance planetario. Ejemplos de esto son los procesos de globalización relativos a derechos humanos, justicia social, equidad de género, abolición del racismo, solidaridad y, como veremos más adelante en este mismo texto, también la globalización del mal llamado “movimiento anti-globalización”. Globalización no es sinónimo de “neoliberalismo”, sino de complejos de interrelaciones entre actores sociales (sean éstos más eminente- mente económicos, políticos, culturales, o del carácter que sean) a escala planetaria.

Como ilustraré en estas páginas, la producción y difusión mundial de ideas (neo)liberales se relaciona no sólo con las prácticas de actores sociales globales, sino también con las de actores sociales locales y nacionales, y resulta de las relaciones transnacionales que establecen entre todos ellos. En este sentido, este estudio responde además a un tercer y último propósito, el de ampliar y diversificar el conjunto de procesos sociales que me sirven de referencia para analizar las formas en las cuales en los actuales tiempos de globalización las representaciones sociales de ideas social y políticamente significativas son socialmente producidas y comunicadas en el contexto de complejos de relaciones transnacionales (Mato, 1996, 2001). Los procesos de producción social de representaciones de ideas políticamente significativas, sean éstas las (neo)liberales u otras, son procesos de construcción de sentido, de creación y circulación de significados, de prácticas de resignificación, en los cuales participan actores nacionales y globales. Estos procesos incluyen el caso de las ideas y políticas (neo)liberales, pero también otros, algunos de los cuales he analizado en publicaciones anteriores, como, por ejemplo, los relativos a ciudadanía y sociedad civil, cultura y desarrollo, e identidades y diferencias étnicas y raciales (ver Mato,1996, 2000, 2001, 2003, 2004a).

Redes transnacionales de actores globales y locales en la promoción de ideas y políticas (neo)liberales

Las ideas comúnmente llamadas “neoliberales” constituyen un elemento central del sentido común de numerosos actores sociales que juegan papeles clave en los procesos sociales contemporáneos. No me refiero sólo a aquéllos que consciente y activamente las promueven, sino también, y acá especialmente, a muchos otros que más o menos consciente o inconscientemente las han incorporado. Entre estos otros se cuentan dirigentes políticos y sociales de las más diversas tendencias, así como economistas, sociólogos, politólogos, educadores, periodistas y otros profesionales y formadores de opinión pública, quienes no necesariamente se perciben a sí mismos como (neo)liberales. Se trata en general de actores que participan en la promoción de ciertas transformaciones sociales que han sido incorporadas –cuanto menos retóricamente- en los discursos de inspiración (neo)liberal promovidos por organismos internacionales y organizaciones sociales y políticas nacionales de diversos países. Estas propuestas transformadoras en general están asociadas a ideas de democratización de aspectos de la vida económica, social y política de las sociedades nacionales en términos de etnicidad, raza, multiculturalismo (ver, por ejemplo, Mato, 2000, 2003), “fortalecimiento de la sociedad civil” (ver, por ejemplo, Benessaieh, 2004; Mato, 1997, 2004a; Mijares, 2004; Tussie, 1997), género, orientación sexual, fomento de iniciativas micro-empresariales, seguridad urbana y otras demandas y propuestas sociales ampliamente difundidas y aceptadas.

El caso es que, especialmente desde el desmoronamiento del sistema soviético, las ideas (neo)liberales han venido incidiendo en los modos en que numerosos actores sociales perciben y/o interpretan los procesos sociales, y por tanto en las propuestas que formulan y acciones que promueven. Dicho sintéticamente, esto ha ocurrido tanto de manera consciente y proactiva como de maneras no-conscientes (o menos conscientes) y como consecuencia de la incorporación en los discursos (neo)liberales de demandas sociales ampliamente sentidas.

En atención a lo expuesto en el párrafo anterior es que me parece necesario cuestionar el lugar común de asumir a priori y simplistamente que las políticas (neo)liberales serían impuestas unilateralmente por el FMI y el BM y estudiar cómo ellas crecientemente forman parte del sentido común no sólo de numerosos economistas y políticos de diversos países, y en particular de los encargados de las negociaciones con esos bancos (ver, por ejemplo, Babb, 2003, 2005; Silva, 1994) y ciertas tecnocracias estatales (ver, por ejemplo, Villalobos, 2005), sino también de significativos dirigentes sociales y grupos de población dentro de diversas sociedades nacionales.

Si bien es cierto que existen casos en los cuales políticas económicas (neo)liberales fueron aplicadas por la fuerza (como por ejemplo en Chile en tiempos de Pinochet), o engañando a los votantes prometiendo una cosa en el periodo electoral y haciendo la opuesta al llegar al poder (por ejemplo Carlos Andrés Pérez en Venezuela, o Carlos Menem en Argentina), también es cierto que en no pocos casos son parte del sentido común de grupos de población y eventualmente incluso de mayorías electorales, y no sólo de ciertos partidos políticos y grupos empresarios. Si no fuera así, sería difícil comprender el rating que en ciertas coyunturas han alcanzado estas ideas y quienes las preconizaron en algunos países. Un ejemplo de esto es la popularidad de la cual continuó gozando Carlos Menem durante un largo periodo, aun después de haberse descubierto el engaño inicial y su reconocida condición de “neoliberal”. Otro ejemplo es la continuidad de ciertas políticas “neoliberales” en el Chile post-Pinochet (ver, por ejemplo, Moulian, 1997), o el rating electoral de éstas en ciertas contiendas electorales en Bolivia (ver, por ejemplo, Costa, 2005).

En algunos casos el rating electoral de estas ideas también se relaciona con la aplicación de políticas sociales compensatorias (como suele llamárseles) asociadas a los programas de ajuste (ver, por ejemplo, Dresser, 1991; Gutiérrez, 2005) y sin ninguna duda también con el papel de ciertos medios de comunicación, e incluso con el de periodistas y otros operadores de la comunicación social. Es necesario analizar cómo esos periodistas y otros comunicadores entraron en contacto y se apropiaron de esas ideas, este es un asunto muy importante en el cual, como veremos más adelante en este texto, las redes objeto de este estudio han jugado papeles clave.

Otro factor relevante ha sido también el del entusiasmo con el cual estas ideas fueron recibidas por amplios sectores de aquellas sociedades de Europa Oriental que durante décadas habían sido dominadas por el régimen soviético (Bruner, 2002); el cual los medios y ciertos periodistas y otros comunicadores han proyectado a escala planetaria, encargándose de una vez de establecer asociaciones fuertes y no argumentadas entre democracia, entendida como libertades políticas, y liberalización económica. Esta asociación es propia, sin duda, de la doctrina (neo)liberal. Sin embargo, estos casos prácticos que se usan para proyectar esta asociación fuerte y no argumentada no son casos “puros” de aplicación de estas ideas. A tal punto que luego, en muy numerosos casos, los promotores de ideas (neo)liberales se han encargado de salvar la responsabilidad de esta doctrina frente a los fracasos económicos y sociales producidos por la aplicación de tales políticas en los Estados de Europa Oriental.

En muchos casos, el porqué de este rating se explica en parte por la asociación de estas ideas con ciertas ideas de “democracia” y “libertad”, puestas en oposición polar a otro par de ideas que se construye como “intervención estatal en la economía” y “autoritarismo del Estado”. Estas asociaciones y las oposiciones polares correspondientes, no ocurren de modo espontáneo. Son en parte resultado del trabajo que realizan las redes transnacionales sobre cuya importancia comentaré en las próximas páginas.

Como mostraré, los actores que promueven ideas (neo)liberales ponen interés en incidir sobre algunos actores sociales muy significativos, no sólo sobre economistas y dirigentes políticos y sociales, sino también sobre las empresas propietarias de medios de comunicación y sobre periodistas y otros operadores de la comunicación social y la formación de opinión pública. En tanto investigadores de los procesos sociales contemporáneos es menester que estudiemos la importancia de estos facto- res, así como las prácticas y mecanismos específicos aplicados. Estudiar esto es tan necesario como hacerlo con la difusión sistemática de una cierta asociación entre “libertades políticas” y “liberalización comercial”, que estos medios de difusión y comunicadores frecuentemente postulan sin argumentos como “lógica” necesaria, sino “natural”, y a la vez excluyente de cualquier otra forma posible de existencia de las libertades políticas. Este texto no tiene por objeto dar cuenta de estos asuntos, pero lo aquí investigado conduce a llamar la atención sobre estos asuntos con el propósito de estimular investigaciones específicas al respecto.

Ante la evidencia de tan significativas difusión, adopción y reformulaciones de las ideas (neo)liberales, podría resultar cuánto menos un tanto ingenuo asumir sin más que estos alcances serían meros hechos fortuitos, o asumir sin pruebas que estas ideas han alcanzado tales niveles de presencia en el sentido común de la época como “lógica” y sola consecuencia de su supuesta superioridad absoluta respecto de otros sistemas de ideas. No es mi propósito examinar acá las condiciones de validez de estas ideas, lo cual he hecho de manera somera en una publicación anterior (Mato,2004b). En cambio, en este texto me propongo tratar de explicar cómo ciertos actores sociales han sido tan exitosos en su labor de proyectar al mundo sus propias ideas, su visión del mundo. ¿Qué han hecho? ¿Cómo lo han hecho?

Desde luego sabemos que las respuestas a estas preguntas acerca de qué habrían hecho los promotores de estas ideas para lograr tan extraordinaria difusión no agotarán la explicación de tal éxito. Es plausible asumir que también han contribuido a ésta otros importantes factores de contexto. Entre estos últimos no debemos descartar la importancia de los fracasos de numerosas experiencias de gobierno orientadas por ideas centradas en aquello a lo que precisamente el liberalismo se opone, la significativa intervención estatal. En este sentido, se ha mencionado reiteradamente la importancia que ha tenido el desplome del sistema soviético y otros semejantes en Europa Oriental, así como de la asociación entre las ideas de democracia y liberalización económica en estos países (ver, por ejemplo, Bruner, 2002). De otro lado, se ha señalado que en el caso de Chile la adopción de políticas (neo)liberales ha sido consecuencia de una imposición dictatorial y no del éxito comunicativo de sus pro- motores. Sin desvalorizar la importancia de estos factores, mi análisis acá se centra exclusivamente en qué han hecho los promotores de las ideas liberales para lograr lo que han logrado, dejando para otra oportunidad u otros autores el análisis de esos otros factores.

Las formas de representarse las experiencias sociales que tienen los diversos actores sociales constituyen su sentido común respecto de asuntos específicos. En cualquier sociedad nacional, en cualquier momento de su historia, el sentido común no es unívoco, hay diversas corrientes de producción de sentido y hay diversos –digamos- circuitos sociales de producción y comunicación de sentido, o, de una manera abreviada, circuitos sociocomunicativos. Esta diversidad es aun más amplia si vemos esto a escala mundial. Al construir sus propias identidades sociales y producir su sentido común desde diversas perspectivas, los actores participan en conflictos de sentido, negociaciones y disputas, que son parte de estos procesos de construcción de sentido. En el mundo contemporáneo estos procesos crecientemente ocurren a escala mundial.

Los procesos de producción de ciertas representaciones y formas de sentido común tienen un carácter más marcadamente mundial (o global) que los procesos que se articulan en torno a otras. Los procesos de producción de representaciones y sentido común “neoliberal” son marcadamente globales. Esto es así en parte porque, desde el fin de la 2da. Guerra Mundial, ciertos actores sociales han venido promoviendo estas ideas muy activa y eficazmente a escala mundial. Estos actores globales han promovido estas ideas a escala mundial a través tanto de sus propias actividades como de las de redes transnacionales de actores sociales cuya formación han estimulado. Así, han logrado proyectar el sentido común “neoliberal” a un punto tal que si éste no es el sentido común hegemónico de nuestra época, cuanto menos es el predominante; y ello no sólo respecto de asuntos económicos, sino más en general políticos y sociales.

(Neo)liberalismo y antineoliberalismo

Antes de entrar de lleno en materia me parece necesario comentar brevemente acerca del que parece ser uno de los mayores antagonismos ideológicos de nuestros tiempos: (neo)liberalismo vs. anti-neoliberalismo. Al desarrollo de la corriente de producción de ideas y políticas (neo)liberales lo acompaña de manera asociada el de otras corrientes, algunas de estas últimas significativamente definen sus identidades y posiciones como “anti-neoliberales”. Esta definición negativa, en términos de “anti” respecto de las “neoliberales”, confirma la centralidad de las ideas (neo)liberales en el mundo contemporáneo.

Este conflicto suele plantearse en términos de un cierto antagonismo que adopta varias formas. Para los liberales esto suele plantearse en términos de liberalismo vs. planificación, o de liberalismo vs. estatismo, y a la vez de democracia vs. totalitarismo. Para los críticos del “neoliberalismo” en términos de solidaridad vs. individualismo, o de justicia social vs. “ley de la selva”, o también de soberanía vs. imperialismo.

Estas formulaciones revelan claramente que la disputa en cuestión no es meramente económica, sino también política y cultural.

Este carácter político y cultural de la disputa no es nuevo. Los dos autores más frecuentemente asumidos como referentes paradigmáticos del (neo)liberalismo insisten en sus textos en el carácter político y de valores de la disputa. En su libro publica- do en 1944 y sugestivamente titulado Camino de servidumbre (The Road to Serfdom), Friederich Hayek (1899-1992) plantea la oposición entre el liberalismo (entendido como libertad individual, gobierno limitado y mercado libre) y planificación estatal. Para mayor claridad Hayek enfatizó reiteradamente que se trataba de “un libro político” (Hayek, 1994: xiv). Por su parte, Milton Friedman también tituló sugestivamente su libro de 1962 con el nombre de Capitalismo y Libertad (Capitalism & Freedom) y dedicó el primer capítulo del mismo a explicar la relación entre libertad económica y libertad política (1962: 7-21).

Dado que una de las propuestas que más suelen destacarse de las ideas (neo)liberales es la de la liberalización comercial y financiera mundial, y a que los medios de comunicación y algunos dirigentes políticos, sindicales y empresariales han tenido cierto éxito en instalar la inapropiada equivalencia entre las ideas de “liberalización económica” y “globalización”, el conflicto “neoliberalismo” vs. “anti- neoliberalismo” frecuentemente se presenta también en términos de “globalización” vs. “anti-globalización”.

Esta manera de plantearlo es altamente problemática. Porque el mal llamado movimiento “anti-globalización” (en mi opinión la denominación “anti-neoliberal” que utilizan buena parte de sus participantes es más apropiada) es él mismo marcadamente “global” y además “globalizador”. Es “global” porque en él participan actores sociales de buena parte del globo. Y es “globalizador” tanto porque plantea su lucha a escala del globo en su conjunto, como porque, partiendo de una cierta conciencia de que el destino de la especie es asunto de interdependencia global propone “otros tipos de globalización” a los cuales suele calificar de alternativos, como por ejemplo “la globalización de la solidaridad”.

A propósito de las disputas entre (neo)liberales y “anti-neoliberales”, es necesario tener en cuenta que aunque este texto está dedicado a estudiar sólo la importancia de algunas redes transnacionales de actores globales y locales en la producción de representaciones de ideas y políticas (neo)liberales, esto de ningún modo supone asumir que las ideas “anti-neoliberales” emanarían de la tierra espontánea- mente dentro del marco territorial de cada sociedad nacional. Si bien en muchos casos éstas efectivamente resultan de respuestas más o menos espontáneas a los efectos negativos de la aplicación de políticas de inspiración (neo)liberal en con- textos locales y/o nacionales, también es cierto que su visibilización a través de ciertos circuitos socio-comunicacionales y su vinculación a respuestas que se producen en otras localidades responde también a las prácticas de ciertas redes transnacionales, sólo que éstas son otras redes transnacionales, diferentes de las que promueven las ideas (neo)liberales.

Por eso, en conexión con lo anterior, creo necesario enfatizar que a las ideas, como a las personas, no sólo no sirve de nada calificarlas de “buenas” o “malas”, sino que tampoco es posible valorarlas basándonos para ello simplemente en su presunto lugar de origen. No olvidemos que incluso las ideas de emancipación, igualdad, nación y república que han dado lugar a los movimientos anticoloniales del siglo XIX y a la creación de los Estados y sociedades nacionales en América, así como posterior- mente en otros continentes, también alcanzaron proyección mundial gracias al trabajo de redes transnacionales, sólo que otras redes y en épocas pretéritas. Por eso hoy las naciones y los Estados se nos aparecen como si fueran elementos “naturales” pero, como sabemos, son productos históricos y parte de procesos mundiales (hoy diríamos “globales”), del mismo modo que lo son tanto las ideas (neo)liberales como las “anti-neoliberales”.

Modalidades de acción de algunos actores globales y redes transnacionales de promoción de ideas y políticas (neo)liberales

Dedicaré esta sección a analizar brevemente aspectos de las prácticas de algunos actores globales que podemos calificar de significativos debido a los importantes papeles que han jugado en la creación y desarrollo de redes transnacionales de profesionales y centros dedicados a la investigación y promoción de ideas y políticas (neo)liberales. Presentaré básicamente los casos de tres instituciones emblemáticas del (neo)liberalismo, la Sociedad Mont Pelerin, fundada por Friedrich Hayek, figura clave del (neo)liberalismo, el Institute of Economic Affairs (IEA) y la Atlas Economic Research Foundation4, estas dos últimas fundadas por Anthony Fisher, uno de los políticamente más visionarios y proactivos seguidores de las enseñanzas de Hayek y en general de las ideas (neo)liberales. Estas tres instituciones no sólo comparten ideas, sino también nombres clave en sus directorios y programas de conferencistas invitados, además de históricamente haberse apoyado mutuamente de diversas formas. La Atlas Foundation es la institución que ha jugado más sistemática y proactivamente el papel clave de asesorar y apoyar la creación y/o funcionamiento de importantes centros de investigación y promoción de estas ideas en numerosos países. El IEA también ha jugado este papel pero en menor medida. Contando con el apoyo de esos dos actores globales, estos centros de investigación y/o promoción de ideas liberales constituidos en numerosos países de los cinco continentes (incluyendo los mismos de origen de esos actores globales, Estados Unidos y Gran Bretaña) han logrado incidir en las ideas de líderes políticos, empresarios, dirigentes sociales, economistas, periodistas y otros profesionales, especialmente aunque no exclusivamente en el ámbito de sus respectivas sociedades nacionales.

Después de finalizada la 2da. Guerra Mundial, Friederich Hayek invitó a 36 académicos, en su mayoría economistas, aunque había también historiadores y filósofos, entre otros, a reunirse en la localidad de Mont Pelerin, en Suiza para intercambiar sobre el estado y destino del “liberalismo, en pensamiento y práctica”. Luego de 10 días de intercambios decidieron volver a reunirse más adelante. Así, el 10 de abril de
1947 suscribieron el documento fundador de la Sociedad Mont Pelerin, en el cual expresaban su preocupación porque los “valores centrales de la civilización están en peligro” y porque en grandes extensiones del planeta “ya han desaparecido las condiciones esenciales para la dignidad humana y la libertad”. Sostenían que estos desarrollos se habían visto estimulados por una “disminución en la creencia en la propiedad privada y el mercado competitivo” y que “sin el poder difuso e iniciativa asociados a estas instituciones es difícil imaginar una sociedad en la cual la libertad pueda ser efectivamente preservada”. Por esto, creyendo que “un movimiento ideológico debe contar con argumentos intelectuales y la reafirmación de ideales válidos”, el grupo concluyó que era necesario ahondar en el estudio de una serie de asuntos. La declaración enumeraba seis temas, de los cuales acá destacaré sólo tres: a) “los orígenes morales y económicos de la presente crisis”, b) “la redefinición de las funciones del estado” para “distinguir más claramente entre los órdenes totalitario y liberal” y c) “la creación de un orden internacional que asegure la paz y la libertad y permita el establecimiento de relaciones económicas armoniosas”. En esa declaración fundacional, el grupo enfatizaba que no pretendía crear una ortodoxia, ni formar o adherir a ningún partido político, ni tampoco hacer propaganda. Según allí lo expresaban, su único objetivo sería “facilitar el intercambio de ideas entre académicos con ideas afines en la esperanza que fortalecer los principios y práctica de una sociedad libre y estudiar los logros, virtudes y defectos de los sistemas económicos de mercado”. Una nota a pie de página hace constar que las expresiones “liberal” y “liberalismo” eran usadas en este documento en el sentido de “una preferencia por un gobierno mínimo y disperso”(<http:/ /www.montpelerin.org/aboutmps.html> [Consultado: 12-03-2004]; mi traducción, DM).

Desde 1947, la Sociedad ha sostenido 32 asambleas generales y 27 regionales. Actualmente cuenta con 500 miembros de 40 países entre los cuales se cuentan altos funcionarios gubernamentales, premios Nobel de Economía, “hombres [sic] de negocios”, periodistas y académicos. Su documento de presentación sostiene que la Sociedad está compuesta por personas preocupadas por algunos peligros que en su opinión aún continúan corriendo en “la sociedad civilizada”. Aunque, no necesariamente compartiendo una interpretación común, ni de las causas ni de las consecuencias, sus miembros expresan preocupación por el peligro que entraña la expansión del gobierno, los sistemas públicos de bienestar, el poder de los sindicatos y monopolios, y la inflación (<http://www.montpelerin.org/aboutmps.html> [Consultado: 12-03-2004]; mi traducción, DM). Es interesante notar que si bien la Sociedad Mont Pelerin expresamente excluye las actividades de propaganda, no por ello renuncia a estimular la producción, intercambio y circulación de las ideas liberales en el mundo, como puede inferirse de las actividades organizadas por ella y de que buena parte de sus miembros sean productores de ideas y otra importantes tomadores de decisiones.

En abril de 1945, la revista Reader’s Digest publicó una versión condensada del ya mencionado libro de Hayek Camino de Servidumbre, aparecido en Chicago en septiembre de 1944. Una anécdota reiterada por múltiples fuentes (neo)liberales relata que Anthony Fisher leyó esa versión resumida y a raíz de ello un par de meses después se acercó a Hayek, quien por entonces estaba en la London School of Economics. Fisher contó a Hayek que tenía intenciones de hacer carrera política para luchar contra las iniciativas estatizantes de la época. La historia cuenta que Hayek le recomendó a Fisher que evitara la política y que incidiera en los intelectuales con argumentos sólidos, que éstos a su vez influirían en la opinión pública y que los políticos seguirían a ésta (ver: Friedman, 1994: xix, 2002: xvi; Liggio, 2002; <http:// www.iea.org.uk/record.jsp?type=page&ID=24> [Consultado: 26-03-2004]).

Lo interesante de esta anécdota es que por un lado lleva a pensar que las intenciones de Hayek al crear la Sociedad Mont Pelerin no eran tan apolíticas, ni que carecía de interés en promover ampliamente las ideas liberales. Por otro lado, resulta significativa porque esboza la estrategia que de ahí en más siguió exitosamente Fisher con la creación de dos instituciones, el Institute of Economic Affairs (IEA), que fundó en Londres en 1955 y la Atlas Economic Research Foundation, que fundó en las afueras de la ciudad de Washington (en Fairfax, Virginia) en 1981. Esta última, como veremos más adelante en este mismo texto, fue creada con el expreso propósito de apoyar la creación de otros centros de investigación y promoción de las ideas y políticas liberales en todo el mundo, incluyendo Estados Unidos. En todo caso, pienso que esta anécdota provee un dato muy interesante acerca de cómo Hayek y quienes le acompañaron visualizaron la manera de incidir en la producción de ideas y formulación de políticas públicas, de cómo ellos y sus seguidores han trabajado en la construcción de un cierto sentido común y, basándose en éste y diversas formas de acción directa, en la formulación de leyes y la creación de instituciones.

El texto de presentación del IEA en su página en Internet sostiene que la meta del instituto es “explicar las ideas de libre mercado al público, incluyendo políticos, estudiantes, periodistas, hombres [sic] de negocios, académicos y cualquier interesado en políticas públicas”. Según ese mismo texto, los partidarios del libre mercado creen que “las personas deberían ser libres de hacer lo que quieran en tanto no causen daño a otros” y que “la mejor manera de atender los problemas y desafíos de la sociedad es con la gente y las compañías interactuando libremente sin interferencia de los políticos y del Estado”. Esto significa que la acción gubernamental debe ser mínima, ya sea en lo que hace a impuestos, regulación o leyes. Para lograr esto IEA sostiene programas de investigación y de publicación de libros y de una revista (Economic Affairs) sobre varios asuntos de políticas públicas. Además organiza anualmente entre 100 y 150 eventos, entre seminarios, congresos, charlas y conferencias y lleva adelante un programa dedicado especialmente a estudiantes. El IEA se sostiene con los fondos provenientes de estas actividades, más donaciones que recibe de individuos, compañías y fundaciones, pero no contrata trabajos, ni acepta dinero del gobierno ni de partidos políticos. Hacia finales de 1998, el IEA tenía suscriptores en 55 países, ventas en más de 65 y a sus eventos habían concurrido participantes de más de 50 países. “Desde 1974 el IEA ha jugado un rol activo en el desarrollo de instituciones semejantes en todo el globo. Actualmente existe una red mundial de más de un centenar de instituciones en cerca de 80 países. Todas son independientes pero comparten la misión de IEA” (<http://www.iea.org.uk/record.jsp?type=page&ID=23> [Consultado: 26-03-2004]; mi traducción, DM).

Significativamente, entre los miembros y conferencistas del IEA se cuentan varios premios Nobel de Economía. Lo mismo que acontece con la Sociedad Mont Pelerin y la Atlas Foundation. Más aun, varios de estos nombres se repiten en las tres instituciones y desde luego todos ellos son activos partidarios de las ideas liberales. Esto sugiere que podría resultar interesante estudiar los criterios con los cuales se seleccionan y designan jurados y se evalúan candidatos para estos premios, los cuales podríamos llegar a concluir que lejos de reconocer y premiar alguna supuesta “objetividad” científica responderían específicamente a una orientación económica en particular. En fin, por ahora es sólo un asunto que aún debemos explorar.

A los fines de este estudio conviene tener en cuenta que el IEA no limita sus actividades a explicar “las ideas del libre mercado” en términos limitadamente económicos. Por el contrario, entre las áreas en las cuales desarrolla por si mismo y/o fomenta actividades se cuentan algunas otras que resultan significativas, como por ejemplo educación, ética, seguridad social, sociedad civil y ambiente. Estas dos últimas en particular han merecido tal nivel de atención que en la cronología que se incluye en su página en Internet se destacan varios hitos en ambas materias.

Entre estos hitos se destaca, por ejemplo, que en marzo de 1994 la Unidad de Ambiente del IEA publicó su primer libro, Global Warming: Apocalypse or Hot Air?, el cual se agotó en seis meses y fue reimpreso. En 1996 este libro recibió el Sir Anthony Fisher International Memorial Award (<http://www.iea.org.uk/record.jsp?type= page&ID=23> [Consultado: 26-03-2004]). Lo interesante del caso es que según reseña un breve documento del IEA sobre este libro, en este estudio los autores “examinan el así llamado ‘consenso’ científico sobre el calentamiento global y argumentan que el cambio climático es un problema de gran complejidad y que la forma en que éste ha sido analizado de ningún modo permite sostener la idea de que el cambio climático crearía cargas o aflicciones intolerables a las futuras generaciones” (<http:/ /www.iea.org.uk/record.jsp?type=publication&ID=127> [Consultado: 30-08-2004];
mi traducción, DM).

Pero este no es el único texto publicado por la Unidad de Ambiente del IEA y/ o destacado en la sección de publicaciones dentro de su página en Internet, en el cual se sientan bases para afirmar que las regulaciones ambientales (como, desde el punto de vista liberal, cualesquiera otras) no sólo no son deseables, sino que incluso resultan indeseables porque pueden promover efectos perversos. Hay varios otros textos que apuntan en la misma dirección, como por ejemplo el libro coeditado por IEA, cuyo sugerente título es Climate Alarmism Reconsidered, en el cual el Dr. Robert L. Bradley Jr., presidente del Institute for Energy Research, de Houston, e investigador de la Universidad de Houston, argumenta que el efecto invernadero tiene algunas consecuencias benignas y que las regulaciones sobre emisión de gases descansan en supuestos irreales. Sostiene además que la intervención gubernamental en esta materia es la mayor amenaza a la sostenibilidad energética, mientras que las políticas de libre mercado ayudan a las comunidades a adaptarse mejor al cambio climático (Bradley, 2003).

En fin, el caso es que se trate de calentamiento global, gas, petróleo, pesca, bosques tropicales, explotaciones forestales, alimentos genéticamente modificados, u otros controversiales asuntos semejantes, la página en Internet del IEA contiene estudios y comentarios de prensa que coinciden plenamente en que también en asuntos ambientales lo aconsejable es que los Estados no intervengan, sino que se permita que el mercado regule en beneficio de todos. Algo más, el IEA emite comunicados de prensa promoviendo cada una de sus publicaciones y por lo que he podido constatar logra una buena cobertura.

En agosto del año 2000 el IEA culmina la conversión de la que hasta entonces había sido su Unidad de Salud y Bienestar Social (establecida en 1986) en una organización de carácter independiente que pasó a llamarse Civitas, Institute for the Study of Civil Society; es decir, Civitas, Instituto para el Estudio de la Sociedad Civil. Según informa su texto de presentación en Internet el propósito de Civitas es profundizar la comprensión pública respecto del marco legal, moral e institucional que hace posible la existencia de una sociedad libre y democrática. Una meta particular de sus estudios es lograr una mejor división de responsabilidades entre el gobierno y la sociedad civil. El término sociedad civil se usa acá para enfatizar que en lo que respecta a asuntos sociales las alternativas a los servicios del Estado no se limitan tan sólo a los servicios comercia- les, también están las organizaciones religiosas y caritativas, además del apoyo informal de vecinos y familiares. Según se especifica, las cuatro áreas de acción principales de Civitas son salud, bienestar social, educación y familia (<http://www.civitas.org.uk/ hwu/mission.php?&MMN_position=20:20> [Consultado: 30-08-2004]; mi traducción, DM). No puedo ahondar acá respecto de las diversas concepciones de la idea de “sociedad civil”, ni de cómo varias de ellas se relacionan con las ideas liberales, tema que es tratado en variada bibliografía (ver, por ejemplo, Cohen y Arato, 2000) y que desde una perspectiva teórica semejante a la del presente texto y con trabajo de campo en varios países he abordado en una publicación reciente (ver Mato, 2004a). Por eso acá me limitaré a señalar que al relacionar el mencionado uso del término sociedad civil con los cuatro temas de aplicación señalados y la orientación de las publicaciones de Civitas sobre estos temas presentadas en su página en Internet, resulta plausible asumir que éste remite a la conveniencia de reducir la intervención estatal en la atención de asuntos sociales. Esto, además está muy a tono no sólo con la filosofía liberal que inspira a Civitas, sino también con las políticas de reducción del gasto público propiciadas por el liberalismo y aplicadas en Gran Bretaña desde el gobierno de Magaret Thatcher.

Un detalle complementario importante, Civitas sostiene políticas tanto de publicaciones propias como de incidencia en la prensa, el sistema educativo y la formación de opinión pública semejantes a las de la Unidad de Ambiente del IEA y en general a las de este instituto. Por eso, antes de abandonar este breve análisis sobre el caso de IEA, su Unidad de Ambiente y Civitas, me parece importante destacar cómo elementos propios de sus prácticas tanto la importancia atribuida a temas tales como ambiente y sociedad civil, como la otorgada a incidir en los medios académicos, la prensa y la formación de opinión pública. No sorprendentemente, esto está en línea con el anteriormente parafraseado consejo de Hayek a Fisher de incidir en los intelectuales y en la formación de opinión pública. Como veremos más abajo, tanto la Atlas Economic Research Foundation, como varias de las organizaciones latinoamericanas que participan en estas redes trabajan de manera semejante.

Veamos ahora el caso de la Atlas Economic Research Foundation. Como informaba anteriormente en este mismo texto, esta fundación fue creada por Anthony Fisher en las afueras de la ciudad de Washington (en Fairfax, Virginia) en 1981. La página de presentación de esta Fundación en Internet expresa que su visión es “alcanzar una sociedad de individuos libres y responsables, basada en los derechos de pro- piedad privada, gobierno limitado, bajo el respeto a las leyes y el orden del mercado” y que su misión es “descubrir, desarrollar y apoyar intelectuales emprendedores en el mundo que tengan el potencial de crear institutos independientes de políticas públicas y programas relacionados, los cuales avancen nuestra visión, y proveer apoyo sostenido mientras esos institutos y programas maduran”. Entre las modalidades de trabajo de la Atlas Foundation destacan: estimular a estos intelectuales e institutos a dedicarse a temas de políticas públicas que avancen la visión de esta fundación, apoyar la diseminación de sus trabajos hacia actuales y potenciales líderes de opinión pública, estimular y proveer apoyo a los líderes y personal de estos institutos para que desarrollen habilidades gerenciales, de liderazgo y de obtención de fondos, alertar a estos institutos de oportunidades de obtención de fondos e informarlos acerca del trabajo de sus pares, a través de redes, publicaciones y eventos. “Atlas trabaja con más de 200 think tanks en 67 países. Más de la mitad de estas organizaciones en sus años formativos fueron asistidas por Atlas a través de apoyo financiero o asesoría” (<http://www.atlasusa.org/aboutatlas/index.php?refer=aboutatlas> [Consultado: 12-
03-2004]; mi traducción, DM).

Resulta interesante revisar la lista de 94 instituciones que han recibido apoyo directo de Atlas Foundation o directamente de Anthony Fisher y que han sido incluidas en el apéndice de un libro significativamente titulado Anthony Fisher: Champion of Liberty (Frost, 2002: 179-261). Hacerlo nos permite comentar muy brevemente acerca de algunos elementos de información aportados por ellas mismas, así como observar su distribución geográfica.

Una información de interés para este estudio que surge de la información aportada por estas instituciones es que si bien temas como ambiente, sociedad civil, salud y educación forman parte de la agenda general de muchas de ellas, algunas se enfocan de manera prioritaria en alguno/s de estos cuatro temas, o bien de otros tales como: promoción de la democracia, ciudadanía, privatización de empresas y servicios públicos, energía, biotecnología, desregulación de la publicidad de productos de tabaco, sistemas de pensiones, reformas impositivas y justicia (Frost, 2002: 179-261). En relación con esto, también me parece interesante tomar en cuenta que en 2001 la Atlas Economic Research Foundation, United Kingdom (que lleva el mismo nombre que la basada en Fairfax, Virginia, que estamos analizando en estas páginas, y que también fue fundada por Anthony Fisher, sólo que en Gran Bretaña) se transformó en una nueva institución llamada The International Policy Network. Significativamente la palabra inglesa network se usa para referirse a “redes de trabajo”, sean más o menos estructuradas. Mientras que international policy en este caso refiere a políticas públicas internacionalmente relevantes. Esto resulta significativo por dos razones, una porque en general las instituciones que forman parte de la red que venimos estudian- do se precian de producir y/o difundir teorías y conocimientos prácticos destinados a la formulación de políticas públicas, o incluso directamente a la formulación y pro- moción de proyectos de leyes que expresen jurídicamente esas políticas. La otra por- que esta nueva institución se propone dar apoyo logístico y eventualmente también fondos para crear instituciones en “países en desarrollo” dedicadas a promover políticas públicas relativas a un cierto conjunto de temas, entre los cuales destacan: biotecnología, agricultura, degradación de suelos, seguridad alimentaria, salud pública, energía, privatización, protección ambiental y propiedad intelectual (Frost, 2002:234). Los cruces y solapamientos entre estos temas y los antes señalados como propios de esta red transnacional de instituciones nos brindan no sólo un cierto perfil del universo temático de esta red, sino también de en cuáles direcciones es de esperar que continúe creciendo. Además, contribuyen a sostener una de las ideas expresadas al comienzo de este texto y retomada al analizar el caso del IEA, el de que esta red de instituciones no se limita a producir y difundir ideas relativas en sentido restringido a lo económico y a lo político y moral en general, sino que además las aplica y promueve su aplicación en otros ámbitos.

Otra información significativa es la que resulta de analizar la distribución geográfica de estas instituciones. Así vemos que si bien la Atlas Foundation se plantea su misión a escala mundial y efectivamente así la desarrolla, resulta que esto no le ha llevado a desatender su trabajo dentro de los Estados Unidos, su país sede, en donde entre su labor institucional y la desarrollada de modo personal por Anthony Fisher nos encontramos con que son 42 las instituciones que han recibido apoyo. Adicionalmente, lo han recibido 5 instituciones en Canadá, 11 en Europa Occidental, 7 en Europa Oriental, 5 en Asia, 4 en el África Subsahariana, 1 en Israel, 1 en Australia, 1 en Islandia, 1 en las Bahamas y 16 en América Latina. Este último grupo de instituciones incluye tres en Argentina: la Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas, la Fundación Libertad y la Fundación República para una Nueva Generación; una en Brasil: el Instituto Liberal; una en Chile: Libertad y Desarrollo; una en Colombia: la Fundación DL; dos en Costa Rica: la Asociación Nacional de Fomento Económico y el Instituto para la Libertad y el Análisis de Políticas; una en Ecuador: el Instituto Ecuatoriano de Economía Política; una en Guatemala: el Centro de Investigaciones Económicas Nacionales; dos en México: el Centro de Estudios en Educación y Economía y el Instituto Cultural Ludwig von Mises; tres en Perú: el Centro de Investigaciones y Estudios Legales, el Instituto Libertad y Democracia y el Instituto de Libre Empresa; y una en Venezuela: el Centro de Divulgación del Conocimiento Económico (CEDICE).

En este texto no puedo entrar en detalles sobre las actividades de estas y otras instituciones en América Latina relacionados con la Atlas Foundation, este tema queda para un nuevo artículo en el cual ya estoy trabajando5. Pero, mientras tanto, en este mismo libro los lectores pueden revisar otro estudio en el cual se examina el caso de CEDICE junto al de otras instituciones de Venezuela (ver Maldonado, 2005). Acá me limitaré a decir que todas estas instituciones promueven no sólo ideas, sino también políticas (neo)liberales y ello no sólo en el ámbito económico, sino también en otros como educación, salud, justicia, derechos civiles y políticos, entre otros. Algo que resulta de especial interés para comprender la importancia de sus prácticas es que prácticamente todas estas instituciones buscan activamente incidir en la opinión pública en general a través de la prensa y que a la vez muchas de ellas realizan además importantes labores de formación de dirigentes empresariales, políticos y sociales, así como de economistas, periodistas y otros profesionales. Por otra parte, algunas de ellas no sólo promueven formulaciones de políticas de manera general, sino que además elaboran proyectos de leyes y los distribuyen y promueven entre dirigentes empresariales, sociales y políticos, incluyendo parlamentarios, ministros y presidentes de sus respectivos países.

Finalmente, resulta significativo considerar que, como parte de sus actividades y gracias a una contribución de Sir John Templeton, en 2004 la Atlas Foundation estableció el programa de Premios Templeton a la Excelencia en Promoción de la Libertad. En ese primer año del Programa más de 140 institutos de más de 50 países compitieron por cuatro primeros premios de 10.000 dólares cada uno y cuatro segundos premios de 5.000 dólares cada uno que se otorgan en sendas categorías. Estos ocho premios se distribuyeron entre una institución basada en Canadá, dos en India, dos en Estados Unidos, una en China, una en Perú (el Instituto Libertad y Democracia) y una en México (el Instituto Cultural Ludwing von Mises). Ese mismo año se otorgaron quince menciones especiales de reconocimiento a la excelencia, cada una acompañada de una donación de 5.000 dólares, las cuales fueron otorgadas a instituciones establecidas en Canadá, Ghana, India, Italia, Lituania, República Checa, Serbia, Eslovaquia, Sudáfrica, Turquía y cuatro países latinoamericanos. Estas últimas correspondieron a Fundación Libertad (Argentina), Instituto Ecuatoriano de Economía Política, Instituto Libertad y Desarrollo (Chile) y Centro de Divulgación del Conocimiento Económico (CEDICE, de Venezuela) (<http://www.atlasusa.org/reports/ tfa_2004winners.htm> [Consultado: 26-03-2004]).

Más allá de los nombres específicos de las instituciones galardonadas, lo que me interesa destacar aquí es que la creación de estos premios es un nuevo elemento consistente con la ya comentada visión de Hayek al sugerir a Anthony Fisher que para lograr el avance de las ideas liberales lo más aconsejable era que incidiera en los intelectuales con argumentos sólidos, que éstos a su vez influirían en la opinión pública y que los políticos seguirían a ésta.

Ideas para el debate

Pienso que el breve análisis presentado en estas páginas puede resultar significativo en diversos sentidos.

En primer lugar creo que nos permite sacar algunas conclusiones respecto del modo de funcionamiento de las redes sociales que hemos analizado. En este sentido, a modo de breve síntesis podríamos decir que, valiéndose de una diversidad de recursos, estas instituciones promueven activamente las ideas (neo)liberales a través no sólo de los grandes medios de comunicación masiva (básicamente impresos, pero también radiales y televisivos), sino también de muy diversas redes sociales, sean éstas preexistentes o especialmente creadas. Éstas incluyen públicos tales como empresarios, dirigentes políticos y sociales, líderes religiosos, estudiantes universitarios y de educación media, otros grupos de jóvenes, maestros de diversos niveles educativos, profesores universitarios, profesionales en diversos campos y en especial economistas y periodistas, medios de comunicación masiva, industrias editoriales, entre otros. Entre los recursos más frecuentemente aplicados para lograr la producción y difusión de las ideas (neo)liberales que orientan el funcionamiento de estas redes podemos mencionar la producción y difusión de publicaciones de diversa complejidad y alcance, incluyendo trabajos de investigación, boletines de circulación menor y columnas en periódicos de gran alcance; conferencias; seminarios; premios y competencias; becas y fondos para investigación; circulación de conferencistas y de directivos y miembros de las organizaciones a través de las instituciones relacionadas; di- versos tipos de reuniones y encuentros sociales. En fin, pienso que se trata de una compleja y eficaz combinación de estrategias comunicativas, de un tipo que lamentablemente no suele ser abordado por los estudios de comunicación social, frecuentemente y cada vez más exclusivamente ocupados a estudiar los medios de difusión masiva.

En segundo lugar, pienso que lo expuesto nos remite a una idea enunciada en las primeras líneas de este texto: la producción social de representaciones de ideas (neo)liberales se relaciona no sólo con las prácticas de actores sociales locales y nacionales, sino también con las de actores sociales transnacionales. Me interesa vincular la afirmación anterior con una formulación de alcance más general, la cual viene orientando mi trabajo de investigación desde hace años: en estos tiempos de globalización, los procesos de producción social de representaciones de ideas políticamente significativas, sean éstas las (neo)liberales u otras, son procesos de construcción de sentido, de creación y circulación de significados, de prácticas de resignificación, en los cuales participan actores nacionales y transnacionales (ver Mato, 1996, 2001). Estos procesos incluyen el caso de las ideas y políticas (neo)liberales, pero también muchos otros, algunos de los cuales he analizado anteriormente, como los relativos a ciudadanía y sociedad civil, cultura y desarrollo, e identidades y diferencias étnicas y raciales. Estos procesos involucran diferencias, negociaciones y conflictos entre actores sociales (ver Mato, 2000, 2001, 2003, 2004a).

Añadir el caso de la producción y circulación transnacional de ideas y políticas (neo)liberales a esos otros casos estudiados anteriormente que acabo de mencionar me permite disponer de una cierta colección de casos de referencia relativamente amplia y diversa para, basándome en ella y no meramente en la argumentación teórica, cuestionar la utilización de marcos de análisis exclusivamente “nacionales”, o exclusivamente “locales”, aún demasiado usuales en algunos estudios de Sociología, Ciencias Políticas o Antropología. Con respecto a esto y basándome en esta variedad de casos sostengo que en las sociedades contemporáneas prácticamente no hay procesos sociales que se desarrollen de manera exclusiva al interior de fronteras nacionales. No es incorrecto que a los fines analíticos y por razones operativas los estudios sobre éstos se circunscriban a espacios sociales nacionales, pero en tal caso es necesario hacerlo consciente y deliberadamente y no de maneras compulsivas e insuficientemente reflexionadas y elaboradas, como frecuentemente ocurre. Las investigaciones no pueden partir de “naturalizar” las sociedades nacionales como contextos de análisis. En cualquier caso, si por razones operativas acaban siendo circunscriptas a contextos locales o nacionales, entonces, es necesario hacerlo de manera consciente, explícita y elaborada. También sería necesario hacerlo cuanto menos de formas relativas y no absolutas. Es decir, habría que procurar integrar al análisis cuanto menos los modos y sentidos de articulación entre las prácticas de los actores sociales locales y/o nacionales con los transnacionales (globales o no, según los casos), así como la participación de los actores locales y/o nacionales en redes transnacionales.

Al advertir respecto de las limitaciones “nacionalistas” de ciertas modalidades de investigación establecidas desde sus orígenes en varias disciplinas de las ciencias sociales y reproducidas más o menos irreflexivamente desde entonces, legadas de generación en generación a través de tradiciones de trabajo, manuales y casos de estudio ejemplares6, resulta imprescindible hacerlo también respecto de algunas modas recientes, como la de calificar a algunos procesos sociales contemporáneos de “desterritorializados”, sin proveer pruebas al respecto.

Calificar de “desterritorializado” a un fenómeno o proceso, no sólo sin pruebas, sino también sin mayores especificaciones, y una vez afirmado esto utilizar este supuesto atributo “objetivo” del fenómeno o proceso como base para continuar argumentando, sea que esto lo haga el mismo u otro autor (que cita al primero como toda prueba), supone asumir que los contextos locales o nacionales serían irrelevantes frente a los fenómenos o procesos que se imaginan como “des-territorializados”. Es decir que carecerían de referencias territoriales significativas. Frente a la creciente ascendencia de esta moda, me parece necesario enfatizar que el hecho que un fenómeno o proceso deje de responder exclusivamente a referentes territoriales inmediatos y comience a ser, o sea crecientemente, o incluso determinantemente marcado por actores, fenómenos o procesos relacionados con otros espacios territoriales, incluso muy alejados geográficamente, no hace de ningún modo que tal proceso o fenómeno resulte “des- territorializado”, sino en todo caso “re-territorializado”, “trans-territorial/izado”, o “multi- territorializado”. Porque en cualquier caso esos otros actores sociales, fenómenos o procesos de carácter –digamos- foráneo que resultan significativos de ningún modo están flotando en el espacio sideral. Muy por el contrario ellos están relacionados con fenómenos o procesos que tienen lugar en otros contextos territoriales más o menos específicos, incluso por múltiples y diversos que éstos sean (ver Mato, 2005).

Por eso sostengo la necesidad de abordar nuestros estudios con mirada “transnacional”, es decir, atendiendo a lo que ocurre no sólo dentro de un cierto territorio, como quiera que se lo defina, sino más allá de éste, también en otros, a través de varios territorios. Sin asumir, excepto frente a pruebas contundentes que existirían procesos que se dan fuera de todo territorio, que sería a los cuales, en caso de existir, cabría llamar “desterritorializados”. Los actores que en este y otros textos llamo “globales” no son “desterritorializados”. En algunos casos sus formas de interpretar la experiencia social y de intervenir en ella responden de manera directa a las de los gobiernos de algunos países en particular (en general “del Norte”). En otros responden a algunas tendencias sociales específicas en esos mismos países, sean éstas hegemónicas o contra-hegemónicas, o en cualquier caso están expuestos de manera directa a los conflictos, tensiones y negociaciones que en esas sociedades se plantean. Mientras que en otros responden a los conflictos, tensiones y negociaciones que se plantean entre diferentes, y en ocasiones contrapuestas, visiones en el seno de organismos internacionales o multilaterales, las cuales a su vez responden a interpretaciones y prácticas también territorialmente referidas, por ejemplo a los diversos espacios nacionales significativos para los —digamos— portadores de esas visiones, o a los de las universidades en que se han formado los funcionarios en cuestión, las cuales tampoco son desterritorializadas. Pero, además, en todos los casos las representaciones y prácticas de estos actores globales entran en relación con las de los diversos actores propios de los contextos locales y nacionales en que actúan. Por estas razones, sobre las cuales he argumentado más ex- tensamente en publicaciones anteriores basándome en el análisis de casos específicos (ver Mato, 1995, 2000, 2001, 2003, 2004a), es que sostengo que el uso de la expresión “desterritorialización” me parece inapropiado (ver Mato, 2005).

Finalmente, pienso que los procesos brevemente comentados en este texto contribuyen a comprender algunos aspectos culturales y comunicacionales clave en las transformaciones sociales contemporáneas. En este sentido, y frente a algunas interpretaciones conspirativas de la historia siempre en boga, la investigación que vengo desarrollando me lleva a pensar que los actores sociales se constituyen en tanto tales, persiguen sus propios intereses y avanzan sus programas de acción, a partir de sus propias interpretaciones de la experiencia social en su ámbito local o nacional y en el mundo. Es con base en esto que establecen ciertas alianzas y no otras. Entre actores transnacionales y locales se dan convergencias y divergencias, asociaciones, negociaciones y conflictos. Los casos que he estudiado muestran aprendizajes mutuos, préstamos culturales, transacciones de conveniencia y otras formas de negociación, o de conflicto y resistencias, entre los intereses de unos y otros. Hasta el momento no he encontrado casos de sumisión o ventriloquismo, aun cuando por esto tampoco puedo negar a priori su existencia. Lo que sí he podido observar es que esas relaciones complejas entre actores se dan en el marco de significativas diferencias de recursos (económicos, organizativos, de acceso a información, para la difusión, de manejo de redes de relaciones, de apoyos gubernamentales y otros) que en general favorecen a los actores transnacionales y globales. Como además los actores transnacionales y globales, por su propia misión institucional, tienen intereses de difusión de sus propias representaciones de las ideas clave que dan sentido a sus prácticas, trabajan activamente (de maneras más o menos conscientes y/o expresas) en la producción de formas de sentido común en torno a ellas. Suelen hacer esto tanto mediante la producción y circulación de información organizada en torno a ellas, como a través de la promoción de redes y encuentros en las cuales quienes participan comparten la información así producida. Es de estos modos que construyen hegemonía en torno a sus representaciones, a través de su naturalización, por la producción de un cierto sentido común, no por la vía de la imposición. Lo importante del caso es que estas formas no-impositivas poseen mayor y más sostenida eficacia simbólica que las de carácter impositivo. He intentado mostrar algunos de estos aspectos en los casos comentados en este texto, aun cuando muy brevemente, pero ilustro más extensamente al respecto en mis ya mencionadas publicaciones sobre los casos de otros tipos de redes transnacionales (ver Mato, 1995, 2000, 2001, 2003, 2004a). Mi interés al desarrollar estos estudios no se limita a constatar que existiría un cierto sentido común que cabría asumir como universalmente hegemónico, sino estudiar cómo se construyen ciertas formas y elementos específicos de sentido común que orientan las prácticas de actores sociales que resultan ser significativos por los papeles que juegan en algunas transformaciones sociales contemporáneas.
Universidad Central de Venezuela. Coordinador del Programa Cultura, Comunicación y
Transformaciones  Sociales.
Correo electrónico: dmato@reacciun.ve; www.globalcult.org.ve; www.red.org.ve

Mato, Daniel (2005) Redes de “think tanks”, fundaciones, empresarios, dirigentes sociales, economistas, periodistas y otros profesionales en la promoción de ideas (neo)liberales a escala mundial. En Daniel Mato (coord.), Políticas de economía, ambiente y sociedad en tiempos de globalización. Caracas: Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, Universidad Central de Venezuela, pp. 131-153.

2005

1. Este texto es una versión ampliada de la ponencia presentada en el Coloquio y Taller “Políticas de Economía, Ambiente y Sociedad”, organizado por el Programa Globalización, Cultura y Transformaciones Sociales, Universidad Central de Venezuela (UCV), en Caracas del 14 al 18 de mayo de 2004. Deseo agradecer a los participantes en ese evento por sus comentarios y sugerencias. Pero de manera especial quiero agradecer a mi colega y amigo Carlos Sabino, reconocido investigador de ideas “liberales”, quien, más allá de nuestras diferencias al respecto, enriqueció mi análisis al exponer sus puntos de vista en nuestros reiterados debates y me ayudó a comprender las dimensiones mundiales del movimiento liberal. También quiero agradecer especialmente la colaboración de Alejandro Maldonado, quien además de desempeñarse como asistente de mi investigación, actualmente investiga sobre este mismo tema para elaborar su tesis de Licenciatura en Sociología, en la UCV. Alejandro, no sólo realizó eficazmente sus labores de asistente, sino que, además, ha beneficiado mi análisis al compartir conmigo sus ideas en el marco de los intercambios que mi condición de tutor de su tesis hace que sostengamos permanentemente. Desde luego, a pesar de estas ayudas soy el único responsable por los puntos de vista y errores que puedan encontrarse en este texto.
2. Creo necesario aclarar que pongo la palabra “neoliberal” y su derivado “neoliberalismo” entre comillas, o alternativamente coloco el prefijo “neo” entre paréntesis, porque muchos de los promotores de las ideas en cuestión suelen referirse a éstas y a sí mismos no como “neoliberales”, sino como “liberales”. No sólo eso, sino que además muchos de ellos suelen señalar que las políticas que suelen llamarse “neoliberales” no son verdaderamente “liberales”, sino que resultan de hibridaciones de las ideas y propuestas de políticas “liberales” con las provenientes de otros sistemas de ideas, en ciertos contextos específicos (ver, por ejemplo, Ghersi, 2004; Sabino, 1991, 1999).

3. Dentro de los parámetros de este esquema de análisis no tiene sentido asumir que los actores locales y nacionales serían “buenos”, mientras que los globales serían “malos”. Por ejemplo, una corporación minera o petrolera de las que típicamente contaminan el ambiente a lo largo y ancho del planeta es tan global como la organización Greenpeace y otras semejantes dedicadas a combatir estos casos. Amnistía Internacional es un actor global, mientras que los gobiernos que violan sistemáticamente los derechos humanos son —por definición— nacionales y algunas organizaciones racistas abiertamente criminales son locales.

4. A lo largo de este texto mantendré en inglés tanto el nombre de la Atlas Economic Research Foundation, como el del Institute of Economic Affairs (IEA), con el propósito de evitar posibles confusiones con los nombres de la Fundación Atlas de Argentina, a la cual también haré referencia en este texto, o con los de diversos institutos de América latina que tienen nombres semejantes al que resultaría de la traducción de IEA.

5. El presente es mi segundo artículo sobre este tema, el anterior titulado “Estado y sociedades nacionales en tiempos de neoliberalismo y globalización” ha sido publicado recientemente en el libro La cultura en las crisis latinoamericanas, compilado por Alejandro Grimson y publicado por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), 2004. Dedicaré mi próximo artículo a analizar las prácticas y orientaciones de discurso de algunas instituciones latinoamericanas participantes en estas redes transnacionales. Una vez que se publique este nuevo artículo, aún en proceso de redacción, además de aparecer en versión impresa estará disponible también en la página en Internet de nuestro Programa Globalización Cultura y Transformaciones Sociales de la Universidad Central de Venezuela: <http://www.globalcult.org.ve>; en la cual ya está disponible mi artículo en el libro de CLACSO antes mencionado.

6. Respecto del papel jugado en este sentido por tradiciones de trabajo, manuales, casos de estudio ejemplares y otros mecanismos, siempre resulta útil revisar el ya clásico trabajo de Kuhn, La estructura de las revoluciones científicas (publicado por primera vez en inglés en 1962 y en español en 1971, y desde entonces reimpreso permanentemente por Fondo de Cultura Económica, México) sobre la importancia de estos recursos en la reproducción de lo que este autor llama la “ciencia normal”.

 

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