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12- Artistas en la cuneta, ¿Dónde fueron las promesas?
Daniel Andujar


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El artista, parece lógico pensar, es el pilar central sobre el que se apoya el sistema del arte actual. Se relaciona directamente con todos los agentes del mismo. Produce las obras que son interpretadas, mediatizadas, exhibidas o comercializadas por otros profesionales. La fortaleza del sistema del arte se apoya sobre la seriedad y concreción de su trabajo. Sin embargo, la realidad en la que se asienta su práctica lo posiciona en un lugar alejado, su papel ha quedado relegado al último escalafón de la jerarquía establecida en el mundo del arte.

Los recortes llevan ya unos años haciendo estragos en el mundo de la cultura, pero como siempre, no afectan a todos por igual. Cuando cierran las puertas de una institución artística; cuando un centro alarga o elimina actividades; cuando una institución decide no seguir pagando salario a los artistas; cuando elimina las publicaciones o estudios sobre su trabajo; cuando desaparecen líneas de investigación o de producción; cuando tiran de colección propia y dejan las exposiciones externas para otro año o intercambian sus fondos con centros cercanos sin más costes que los del transporte y el montaje; cuando una empresa no invierte porque no encuentra incentivos fiscales; cuando el galerista no puede vender… En todos y cada uno de esos casos los artistas somos los que peor lo pasamos. La dirección de la institución, montaje, transporte, conservación, restauración, secretaría, limpieza, publicidad, seguridad, seguros, publicaciones… muchos de estos servicios siguen, aún con los recortes, en pie. A los artistas, en cambio, esta maquinaria agónica y vacía de contenido nos aboca a un estadio de pobreza, de inestabilidad y de fragilidad que acabará eclipsando las posibilidades vitales de todo el sector.

En  la corrección de todas esas relaciones a varias bandas se fundamentaron promesas a través de códigos de buenas prácticas en el sector, sobre el cumplimiento y observación de convenios o pactos sectoriales de autorregulación; también se habló de la asunción por parte de la administración pública de un papel más activo en el seguimiento e implementación del Estatuto del artista (Seguridad Social, derechos de autor y propiedad intelectual, formación, transiciones profesionales, riesgos y condiciones laborables, contratación, convenios colectivos vinculantes, reconocimiento de los sindicatos y asociaciones profesionales …); se abrió la esperanza de mejorar la regulación de las enseñanzas artísticas en la línea del resto de países de nuestro entorno; planificamos la promoción o participación Internacional de nuestros artistas; y especulamos hasta la saciedad sobre nuevos modelos económicos para la cultura. Algunas infraestructuras, algunas empresas iniciadas eran necesarias pero como ha pasado con otros tantos aspectos colaterales de la crisis, todavía estamos buscando a los beneficiarios de tanta miopía espectacular exhibida por doquier. Nos preguntamos cómo las artes se convirtieron, en un elemento de instrumentalización ideológica o meramente en propaganda, qué quedará tras la tormenta liberal y dónde fueron a parar tantas y tantas promesas.

Utrecht 2013

 

 

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