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05- Ideología y Economía en el momento actual*
Doreen Massey

Traducción: Abel Albet y Núria Benach


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Para combatir el espacio neoliberal hay que pensar la ideología y la economía de otra manera. Tal y como yo lo entiendo, el análisis coyuntural que hemos estado debatiendo recientemente en Soundings se refiere a movimientos estructurales profundos.1 No está directamente relacionado con el parlamento y los partidos políticos, aunque las acciones y los acontecimientos desarrollados por estos puedan ser la chispa que desencadenen enormes cambios. Un enfoque coyuntural nos permite examinar los movimientos de las diferentes instancias en una formación social y en las fuerzas sociales potenciales. Para la izquierda, la pregunta es: ¿va a haber un momento de ruptura —y si podemos contribuir a provocarlo— en el que diferentes instancias entren en crisis y abran paso a un cambio en el equilibro del poder social?
En términos de esta estructura de la coyuntura, lo más característico (especialmente en el sentido de ser lo que implica mayor desgaste para la izquierda) es que nos enfrentamos a una crisis económica continuada en el Reino Unido, pero, como veremos, aunque hay brechas, no se ha producido una crisis real en la formación ideológica que describe Stuart Hall en este número.** Por lo tanto, no ha habido un cambio significativo en el equilibrio de las fuerzas sociales (y en todo caso, lo ha habido en favor de los sectores más elitistas). No ha habido fracturas en el sentido común hegemónico (el cual, en todo caso, ha virado también hacia la derecha). Además, como se argumenta a continuación, sin abordar seriamente la actual hegemonía ideológica será imposible romper el dominio del actual discurso económico.

El armazón ideológico

En este ensayo quiero centrarme en el argumento ideológico de esta estructura. Y quiero hacerlo así por dos motivos: en primer lugar, porque parece que, como argumentaré, existe un espacio real para una contestación efectiva y en segundo lugar, porque parece que en esta crisis hay una intersección bastante particular y compleja entre lo económico y lo ideológico, que no sólo es interesante por sí misma sino que, además, puede ofrecer oportunidades para una implicación política provechosa.
Así, en primer lugar, existió un momento en plena implosión financiera en el que surgieron preguntas que iban más allá de lo económico. Estas iban más allá del mero hecho de que los principios básicos del neoliberalismo se mostraran poco sólidos.

Iban más allá de la hostilidad hacia los banqueros —para mencionar y cuestionar la filosofía de la codicia e interés personal que cimentó su riqueza y nuestra crisis. No era sólo una hostilidad a los bonos y cosas de este tipo sino que se trataba de un sentido rechazo hacia esta manera de ser que nos ha llevado a esta situación. Surgieron preguntas sobre el marco ideológico global de la vida, así como preguntas de tipo ético. Por momentos se vislumbró la posibilidad de que los fundamentos ideológicos de la propia economía pudieran ser sacados a la luz.

Al cabo de unos meses esta repentina claridad parecía haberse obscurecido. Aunque existía un amplio acuerdo de que en términos puramente económicos no podíamos volver a «lo de siempre» (aunque de hecho parece que, a grandes rasgos, probablemente eso es lo que suceda), en términos ideológicos pronto fue, en gran medida, «lo de siempre».

Aquellas grandes preguntas se enterraron; dejaron de ser preguntas, y el debate quedó reabsorbido en el viejo sentido común de siempre.
Mi propia respuesta (y creo que la de otros) a este acto de retirada (y a la transformación de otros asuntos relacionados: ¿cómo una crisis de la banca se transformó en una crisis de excesivo gasto gubernamental?) fue un airado «¿cómo sucedió esto?». Pero por supuesto eso no solo «sucedió»: la base ideológica se había venido preparando durante años. La derecha, en sentido muy amplio, lo había trabajado mucho. El discurso de la naturalidad de las fuerzas del mercado había ganado hacía tiempo (véase más abajo). Había habido un ataque continuado a los trabajadores del sector público (a sus salarios, sus pensiones, su supuesta seguridad laboral…). Naturalmente, entonces no hubo oposición política o de partido. El Partido Laborista no pudo mostrarse en contra porque él mismo estaba implicado –aunque muy rara vez oímos señalar que los tories fueran entusiastas defensores de los principales pilares del sistema en el que los laboristas mismos se habían comprometido– en su condescendencia general con las finanzas, su rechazo a regularlas de manera seria, etc. A menudo se habla de la complicidad de los laboristas pero el problema real —y el efecto de su complicidad en términos coyunturales— iba mucho más allá del apoyo a las finanzas que habitualmente se señala. El New Labour se adhirió totalmente al «TINA»,* es decir que no hay una manera mejor de hacer las cosas, que debemos resignarnos. Redujeron la política a la administración («lo que importa es lo que funciona», etc.). Y como resultado fracasaron rotundamente en marcar distancias políticas. Esto es mucho más profundo que una implicación en determinadas políticas. Se trata del mismo armazón de nuestras imaginaciones políticas.

Y la inmensa mayoría de los medios de comunicación también han compartido esta visión. No están seriamente abiertos a un cuestionamiento más profundo o a las voces alternativas de la izquierda. De hecho, tanto la titularidad como la estructura de los medios de comunicación deberían ser una prioridad mucho mayor para la izquierda en el debate político. Su impacto ha sido enorme tanto en general (su aquiescencia casi universal con la postura de «los recortes son necesarios») como en campañas concretas (por ejemplo, el escándalo de los gastos de los miembros del parlamento utilizado para desviar la atención de los bancos). En otras palabras, que el eclipse de los asuntos ideológicos que la crisis financiera había puesto al descubierto momentáneamente no fue una casualidad; fue un resultado político.
Así pues, la posibilidad de un enfrentamiento ideológico parecía haber pasado de largo. Quizás, pensamos nosotros, habían conseguido cerrarlo todo de nuevo. O quizás no, porque parece que hay cambios muy profundos en marcha que evidencian un descontento continuo. Incluso los partidos políticos y aquellos que están en su órbita parecen reconocerlo. Está el debate en los círculos próximos al Partido Laborista sobre la

Good Society.* Está el intento de Glasman y compañía de articular algo que ha sido llamado Blue Labour.* Está todo lo referente al «programa de la felicidad».** Más a la derecha están Philip Blond y Jesse Norman.*** Incluso la Big Society**** de Cameron, aunque pueda ser una tapadera para los recortes (y lo es), está pensada de tal manera que se propone romper el sentimiento de desinterés y de despersonalización de la gente (eso que los tories atribuyen al Estado aunque ello sea en realidad mucho más característico de una filosofía de mercado que nos ve como individuos preformados que interaccionamos sólo a través del intercambio monetario). Cameron sueña que hay vida más allá del PIB…
Pese a los análisis y propuestas tan insuficientes que se ofrecen desde estos ámbitos (tema al que volveremos más adelante), lo que su propia existencia parece evidenciar es que hay indicios de que no todo va bien con la actual hegemonía ideológica. Hay inquietud. La batalla ideológica puede que aún esté abierta.
El segundo motivo para centrarse aquí en lo ideológico es que la forma de intersección de lo económico y lo ideológico es bastante específica de este momento coyuntural. Hay diversos aspectos que están relacionados con ello.
Para empezar, una de las características más sorprendentes de las últimas tres décadas, las de la hegemonía neoliberal, es la manera en la que «lo económico» se ha eliminado de la esfera de la contestación político-ideológica. Esto fue un punto central para el establecimiento de una narrativa particular y de su inevitabilidad. Fue un aspecto central del TINA de Thatcher, así como también lo fue del discurso de modernización de Blair (que solo podía ser de una forma), y es actualmente el ancla de las declaraciones de Osborne* cuando recorta el sector público, cuando afirma que realmente no lo quiere hacer pero que no hay otra opción sino plegarse a la necesidad económica. Por supuesto, todo son afirmaciones con la intención de reforzar un determinado sentido común. Siempre hay alternativas políticas.
Una respuesta a este argumento en relación con la actual austeridad es la de que ésta no es necesaria sino ideológica. Y se trata de un argumento correcto hasta cierto punto. Pero también hay que ir más allá. En una respuesta así, la formación ideológica a la que se hace referencia es el neoliberalismo. De hecho todo el período de hegemonía que siguió a la disolución del acuerdo socialdemócrata de postguerra se acostumbra a denominar como «neoliberal». Yo misma lo he llamado así muchas veces y estoy de acuerdo con el argumento al respecto que Stuart Hall realiza en este número.** Pero incluso en la referencia concreta a lo económico, esta es una caracterización que debe acompañarse de muchas reservas. Para empezar, en la medida en que «neoliberal» describe una posición relacionada con la política económica, en las tres últimas décadas ha sido una doctrina que ha sido usada selectivamente, que ha permitido, por ejemplo, legitimizar las privatizaciones y los recortes en los servicios públicos; y que ha sido discretamente ignorada cuando no era útil para los intereses dominantes.2 Cuando el propio capital necesita de la intervención estatal o de subsidios —desde infraestructuras al rescate de los bancos o a las necesidades del Sudeste de Inglaterra—, las consignas del neoliberalismo se ignoran. Y éste es el punto crítico: lo que realmente pretende la activación de una teoría económica particular es satisfacer intereses concretos. La respuesta a la afirmación de la necesidad inevitable de los recortes, pues, no es sólo que sean ideológicos sino que están destinados a servir ciertos intereses en detrimento de otros. La lucha, al final, tanto si se vuelve políticamente visible como si no, es entre los intereses de diferentes grupos sociales, lo cual nos lleva al centro de la cuestión sobre si esta incomodidad actual puede convertirse en un momento de ruptura coyuntural real.
Así que esto es el punto crucial. Sin cuestionar la idea de que lo económico es una especie de fuerza externa no podremos cambiar los términos del debate. En este marco, quizás el supuesto clave sea que los mercados son naturales, que las fuerzas del mercado son una fuerza de la naturaleza. El modo en el que ello penetra en el sentido común es asombroso. Esto es cierto tanto en las pequeñas negociaciones de las vidas cotidianas de los individuos, imbuidos de la lógica financiera, como en los grandes movimientos continentales cuando «los mercados» recorren Europa presionando una economía tras otra para llevar a cabo sus propias políticas. Que los mercados son naturales es algo tan arraigado en la estructura del pensamiento que incluso el hecho de que no sea más que un supuesto raramente es puesto de relieve. Por supuesto, no se trata de un sentido común nuevo. Karl Polanyi en The Great Transformation alzó la voz brillantemente contra ello, tanto a nivel de comportamiento individual como a nivel social. Pero en este momento parece especialmente extraordinario y persuasivo.3
Una de las razones es el dominio estructural del sector financiero en la economía. Por un lado, la misma naturaleza de las finanzas está acorde con el tiempo: sus aparentes inmaterialidad, ligereza y desapego, su facilidad de movimiento global, su carácter de puro intercambio, el carácter individualista de su proceso de «producción». En todos estos aspectos, las finanzas encajan con el momento ideológico (aunque sea de manera distorsionada y distorsionadora). De modo que cuestionar el dominio de las finanzas en la economía y en la geografía de este país (lo que es algo necesario de todos modos) podría significar también cuestionar algunos elementos profundamente establecidos en la imaginación hegemónica. Pero las finanzas van acorde con el tiempo precisamente porque influyen en otros acontecimientos que han tenido lugar de manera independiente, en la ideología y en la cultura. Todos estos cambios surgieron en la década de 1960 y después de las características clásicas del acuerdo socialdemócrata han sido cruciales ahora. El énfasis en la flexibilidad, la diferenciación y el movimiento más que en lo estático, en el individuo en vez de en el grupo preconstituido —todos estos acontecimientos independientes, subvertidos y subsumidos en un marco capitalista, han demostrado ser una fértil base en la que los cimientos de las finanzas especulativas han podido florecer y afianzarse popularmente.

Cambiando los términos

Cuestionar los términos de este dominio ideológico implica un cambio brusco en el debate político, incluyendo los términos del debate sobre la economía. Supone atacar el tema totalmente desde otro lugar. Por ejemplo, cuestionar la supuesta naturalidad de los mercados —incluso señalando que es un mero supuesto— significa ir más allá de la democracia social en su formulación actual. «Democracia social» ha significado muchas cosas a lo largo del tiempo, pero lo que es crucial en su imaginario actual es la formulación de que es necesario intervenir en los mercados cuando sus efectos son nocivos. Pero esto pone las cartas boca arriba desde el principio. Acepta la imaginación de los mercados como «ahí afuera» y de los actores sociales, tales como los gobiernos, como interventores de esta fuerza externa. (Esto, claro está, es justamente lo contrario de la formulación de Polanyi). Cuestionarlo cambiaría la imaginación de la economía: ya no es una fuerza natural ni la intervención sino un gran abanico de relaciones sociales que requieren algún tipo de coordinación.
Un cambio así es lo que se necesita. Actualmente el grueso del debate público tiene lugar en un terreno delimitado por los tories y el New Labour. El reto ideológico debería ser redefinir este ámbito político, estableciendo nuestro propio terreno y ocasionando una (re)definición de las distancias políticas, más claras y mejor delimitadas, y el tipo de sociedad y los intereses que representamos. Para esto vale la pena luchar.

A continuación presentamos una breve introducción a tres ámbitos potenciales de trabajo.

¿Para qué sirve la economía?

En primer lugar, como respuesta a las habituales y aburridas preguntas que restringen la imaginación básicamente a lo que tenemos ahora, podemos responder con una gran pregunta: « ¿Para qué sirve la economía?».4 Como ya se ha apuntado, incluso Cameron ha soñado que lo que importa es algo más que el PIB. El problema es que la mayoría de la gente que expresa tales pensamientos parece buscar algo agradable y suave que añadir a «lo económico». De hecho, lo que debería estar sobre el tapete son las formas de organización, la tendencia y las prioridades de lo económico. ¿Qué tipo de economía queremos? ¿Qué queremos que ofrezca?

De hecho hay mucho trabajo realizado sobre modelos alternativos para la economía británica (véanse, por ejemplo, la «new economics foundation»,* el New Political Economy

Group,** el Green New Deal,*** etc.). No faltan ideas. La negación constante a que alguien pueda tener alguna alternativa que ofrecer es (i) errónea, (ii) parte de la estrategia política de afirmar necesidad y (iii) un reflejo de la dificultad general de obtener aceptación pública para las ideas de la izquierda.
Uno de los motivos que explican esta dificultad para obtener adhesiones es que, en la medida en que las ideas de la izquierda son escuchadas tienden a (o tienen que) argumentarse en el terreno político de la política económica existente.

El sentido común no cuestionado continúa imperturbable; no se mueve de su profunda sedimentación en los términos aceptados de lo social para convertirse en político en el sentido de discutible. Es esta naturaleza del argumento general lo que tiene que cuestionarse. ¿Y si empezáramos en otro lugar?
¿Y si preguntásemos para qué sirve una economía? ¿Y si trajéramos al centro del escenario, por ejemplo, el asunto del cuidado de las personas, y su actual infravaloración? Sin duda alguna, afectaría a los insatisfechos con la actual estructura de sentimientos. Ello plantearía la pregunta de por qué, si todos decimos que valoramos tanto estas cualidades, son tan poco prioritarias y están tan mal pagadas. Interesaría a las mujeres, que actualmente son las más afectadas por los recortes. Es una cuestión clara para el sector público. Esto haría más comprensibles las ideas de los diferentes modelos económicos, porque se situarían en un ámbito ideológico diferente. Incluso en los términos económicos actuales, se argumenta que los efectos multiplicadores de la inversión en cuidado es más probable que permanezcan en el ámbito local y sin lugar a dudas se distribuyen regionalmente de manera más equitativa que los de la inversión en casi cualquier otro sector. Pero sobre todo colocaría la cuestión de la economía en un ámbito ideológico diferente y en una priorización diferente de valores. El mismo tipo de argumentación valdría para priorizar la sostenibilidad ecológica.
Unir estas ideas con el desafío al supuesto de la naturalidad de los mercados también echa por tierra el otro elemento del imaginario económico hegemónico: el curioso secuencialismo que demanda que primero hagamos crecer la economía y luego distribuyamos. De hecho, hay diferentes modelos de «crecimiento», con implicaciones de distribución muy diferentes (incluso una somera comparación de los períodos de Wilson y Thatcher lo demostraría). Dicha reorientación también proporciona un marco en el que el gasto y la regulación puedan considerarse positivos, como parte de la construcción de una sociedad. Puede ayudar a pensar la sociedad como un todo y, de alguna manera, como colectivo (como la noción del servicio nacional de salud como seguro colectivo, como un elemento en la construcción de lo público).

Igualdad y libertad

Un segundo ámbito de implicación —y un elemento que seguramente estará presente en cualquier respuesta de la izquierda a la pregunta « ¿para qué sirve la economía?»— es la igualdad.

La «democracia liberal» es el producto de una articulación entre dos tradiciones diferentes: «la tradición liberal constituida por el imperio de la ley, la defensa de los derechos humanos y el respeto por la libertad individual» y «la tradición democrática cuyas ideas principales son la igualdad, la identidad entre el gobierno y los gobernados y la soberanía popular».5 Tal y como señala Mouffe, hay un conflicto inherente entre la lógica respectiva de estas dos tradiciones. Cualquier acuerdo social concreto, por lo tanto, refleja la forma concreta de articulación que ha conseguido ser hegemónica.
Argumentaría que un elemento absolutamente crucial pero quizás a menudo no tan conocido en el cambio entre los acuerdos sociales, desde el acuerdo socialdemócrata de postguerra hasta el que llamamos neoliberal, ha sido el cambio fundamental en la naturaleza de esta articulación. En esencia, la igualdad ha sido derrotada, sin lugar a dudas, por el liberalismo.
El simple aumento de la desigualdad económica bajo el acuerdo actual es uno de los indicadores de ello. La incapacidad patológica del New Labour de referirse a la redistribución es otro. Después está el aumento de la importancia del discurso de la elección individual (ligado con la ridiculización general del colectivismo; véase más abajo), e incluso de los discursos del multiculturalismo en lugar de los de clase (aunque no tenían, de hecho, razón para substituirlos). Está la priorización de la forma electoral por encima de la sustancia política.
Archer lo expresa de manera brillante en relación con las elecciones generales en el Reino Unido:

The Guardian hizo la sorprendente declaración —el 1 de mayo, ni más ni menos— de que el tema central de las elecciones era la reforma del sistema electoral […] la idea de que en medio de la mayor crisis económica desde la década de 1930, la demanda de la reforma electoral debería ser el asunto definitorio es algo bastante extraordinario.

Aquí estamos, cargados con enormes deudas que forzarán grandes recortes —en empleos, prestaciones, pensiones y niveles de vida— sobre ciudadanos totalmente inocentes, y el gran tema del momento es […] ¡la reforma electoral!6
Totalmente. Y las mismas actitudes son evidentes en el ámbito internacional, donde la retórica de la «democracia» se ha convertido en una tapadera para el liberalismo: las interpretaciones de los gobiernos occidentales sobre los acontecimientos de otros países (desde China hasta Venezuela) se centran exclusivamente en evaluar su estatus «democrático» (evaluaciones que a menudo son totalmente equivocadas) e ignorar todo el resto, incluso aunque se hayan hecho grandes progresos en reducir la pobreza. Del mismo modo, la interpretación de hechos recientes en el Norte de África y en Oriente Medio se ha elaborado totalmente a partir de la idea de «deshacerse de (algunos) dictadores». El enorme descontento por la pobreza y el desempleo ha sido borrado del mapa. En lugar de la terminología de la democracia que se esgrime en todos estos casos, es el liberalismo lo que realmente se prioriza; de hecho, estos discursos dicen poco sobre el contenido de la tradición democrática entre cuyos principios esenciales está el de la igualdad.
Este paso de la igualdad al liberalismo es central en el cambio que ha tenido lugar en la articulación de lo económico y lo ideológico. Es central en el cambio operado desde el acuerdo de posguerra hasta el actual. De hecho, el neoliberalismo representa una amenaza para las instituciones democráticas.7 Y viceversa. Tratar este cambio plantearía de nuevo la pregunta de para qué sirve la economía. También podría ayudarnos a centrarnos en el muy llamativo divorcio, en los electores potenciales de izquierdas, entre la clase trabajadora y la (llamada) clase media progresista.8

Colectividad

Un tercer ámbito de trabajo es la colectividad, cuya pérdida está entre los muchos aspectos de lo ideológico que podrían tratarse. Esta pérdida ha sucedido en términos de la colectividad como forma material y en términos de la colectividad como parte legítima del imaginario político, y representa otro síntoma más del dominio creciente del individualismo que, por supuesto, es parte del giro hacia el liberalismo.
Esto es evidente de muchísimas maneras. Tomemos por ejemplo el caso del Partido Liberal Demócrata. Es común la irritación de los liberales económicos en su propio partido, junto con ciertas muestras de simpatía hacia «los socioliberales».

Pero mientras que los socioliberales podrían estar a favor de muchas libertades y de hecho de una mayor igualdad, conciben estas cosas en términos individualistas y ridiculizan cualquier medio colectivo para llegar a ello. En el debate de la mesa redonda publicado en el número 45 de Soundings, Stuart Hall observó que «los liberales demócratas son más progresistas.

Pero son más progresistas, no más de izquierdas», y apuntó que el partido «siempre ha tratado el individuo privado, el individualismo».9 Es extremadamente importante reconocerlo. (Por supuesto, también tiene que ver con el cambio de la igualdad al liberalismo, discutido anteriormente.) Para mencionar de nuevo a un autor al que me he referido anteriormente, vale la pena volver a la discusión de Polanyi sobre la supresión de las «combinaciones» en el siglo XIX. Entonces también se hablaba mucho de la disminución de la pobreza, pero también de una supresión simultánea de los medios con los que los pobres podían llevar a cabo una acción política. El discurso de los liberales demócratas y del New Labour es efectivamente una manera de obtener el mismo resultado, no por ley sino por rechazo del imaginario popular de la acción colectiva (especialmente por parte de los sindicatos). El famoso editorial hostil de The Guardian en respuesta a Len McCluskey* fue el punto álgido (el más bajo) de todo ello. Se permite la compasión hacia los pobres, así como la documentación (muy efectiva) sobre la pobreza, pero —para estos comentaristas— debe tratarse como parte de la legislación que ellos proponen y de ninguna manera a través de la autoorganización colectiva de las propias personas, especialmente en forma de sindicatos.10 La forma de la colectividad está cambiando y de hecho debe cambiar. Están emergiendo nuevos tipos de organización colectiva, los cuales son esenciales para conseguir objetivos políticos y cambiar la consciencia política.

Conclusión

Refiriéndose al Partido Laborista antes de las últimas elecciones generales, cuando ya sabían que habían perdido, Hall ha argumentado que tenían dos opciones: «Una era moverse de manera clara hacia una dirección diferente y quizás estar fuera del poder durante un tiempo bastante largo para poder construir una hegemonía alternativa. Y la otra era seguir participando en el terreno neoliberal, y escogieron esta última».11
Este es el tipo de cambio por el que yo abogaba anteriormente y, como ya he apuntado también, salir del terreno neoliberal es una cuestión ideológica y a la vez económica. Quizás Ed Miliband, al insistir en tomarse su tiempo y en reelaborar los argumentos, esté embarcado en ello. Sin lugar a dudas, todas esas voces hostiles que urgen rapidez también presionan para hacerlo de manera superficial, es decir a hacer más «políticas» en el mismo campo ideológico. Sin duda, también, el Partido Laborista encontrará que es difícil llevar a cabo cambios importantes sin una presión externa al partido. Y aquí la emergencia de una multitud de voces de base aporta algo de esperanza.

Lo que es seguro es que es necesario redefinir el terreno político a través de esta intersección clave entre lo ideológico y lo económico, y en favor de diferentes intereses sociales. Sólo entonces podría vislumbrarse un cambio serio en el equilibrio social de poder.

2011

* © Soundings, Londres, 2011. Traducido por Núria Benach y Abel Albet del original ingles «Ideology and economics in the present moment», Soundings, 48 (2011); pp. 29-39.
1. Este ensayo es parte de una serie de Soundings, véase Hall y Massey, en el número 44. El presente ensayo se basa también en el análisis más general de Massey y en el debate de la mesa redonda del número 45. N.T.: Se refiere a Stuart Hall & Doreen Massey (2010), «Interpreting the crisis», Soundings, 44; pp. 57-71; a Doreen Massey (2010), «The political struggle ahead», Soundings, 45; pp. 6-18 y a Sally Davison; Stuart Hall; Michael Rustin & Jonathan Rutherford (2010), «Labour in a time of coalition», Soundings, 45; pp. 19-31.
** Se refiere al texto de Stuart Hall (2011), «The neoliberal revolution»,

Soundings, 48; pp. 9-27.

* N.T.: Siglas de «There Is No Alternative», es decir, «no hay alternativa».

* N.T.: Se refiere a la propuesta política del Partido Laborista británico basada en la reciprocidad, mutualidad y solidaridad, a la búsqueda del bien común a través de un equilibrio de intereses entre la gobernanza empresarial y las instituciones del sector público y del privado. Es, de hecho, la réplica laborista a la Big Society del partido conservador.

* N.T.: Se refiere a la tendencia iniciada por Maurice Glasman, dentro del

Partido Laborista británico; sugiere que los laboristas recuperarán el voto de la clase media y trabajadora si proponen políticas más conservadoras en aspectos sociales e internacionales (sobre la inmigración y crimen, sobre la provisión y gestión local de servicios públicos frente al estado del bienestar considerado excesivamente burocratizado, etc.).
* N.T.: En 2011 David Cameron (primer ministro británico desde 2010) anunció el establecimiento de un «programa de la felicidad» a partir de una encuesta a más de 200.000 ciudadanos británicos que permitiría a las autoridades locales comparar el grado de felicidad de sus habitantes e implementar políticas correctoras al respecto.
* N.T.: Jesse Norman es el director de ResPublica, influyente think tank conservador y Phillip Blond es teólogo del seminario «Radical Orthodoxy»; ambos son considerados los ideólogos del concepto Big Society.
* N.T.: La Big Society es una estrategia política del Partido Conservador británico presentada antes de las elecciones generales de 2010 y fundada en la acción social, la reforma de los servicios públicos y el empoderamiento comunitario.

Pretendía renunciar a uno de los principios básicos del thatcherismo («eso que llamamos sociedad, no existe») y reconducir el partido hacia posiciones más conscientes y comprometidas con las necesidades y los deseos de las personas.

* N.T.: Se refiere a George Osborne, des de 2010 Ministro de Hacienda en el gobierno conservador de David Cameron.
* N.T.: Se refiere al texto de Stuart Hall (2011), «The neoliberal revolution»,

Soundings, 48; pp. 9-27.

2. Doreen Massey (2010), «The political struggle ahead», Soundings, 45; pp.
3. Hay una extraña ironía aquí. En el mundo anterior (en el Reino Unido) de la producción material, la izquierda tuvo que forzar la imaginación del enemigo más allá de la persona/propietario/capitalista hacia «el sistema». Ahora está despersonalizado, y definitivamente el sistema, pero se concibe como ineluctable, de tal manera que es difícil ver los intereses en juego.
4. Algunas de las ideas de este apartado se inspiran en los excelentes debates del New Political Economy Group (new-political-economy-network@googlegroups.com).
* N.T.: Se refiere al think-and-do tank independiente fundado en 1986 y dedicado a inspirar y realizar propuestas efectivas de bienestar económico para las personas y el planeta.
* N.T.: Línea de investigación sobre economía política en el marco de Compass, grupo de presión británico dedicado a elaborar ideas y propuestas para individuos u organizaciones que pretendan una sociedad más democrática e igualitaria.
* N.T.: Se trata de un think tank cuyos objetivos son restablecer la confianza de los ciudadanos en las posibilidades de construir un mundo más justo y bello y redireccionar el uso del capital hacia prioridades públicas y sostenibles.

5. Véanse las páginas 2-3 de Chantal Mouffe (2005), The democratic paradox. Londres-Nueva York: Verso [trad.cast.: La paradoja democrática. Barcelona: Gedisa, 2003].
6. Robin Archer (2011), «Leading Labour», Guest Editorial, Renewal, 19(1); p. 8

7. Véase la página 6 de Chantal Mouffe (2005). The democratic paradox.

Londres-Nueva York: Verso [trad.cast.: La paradoja democrática. Barcelona:

Gedisa, 2003].
8. No hay espacio para profundizar aquí, pero mientras escribo Ed Miliband está siendo bombardeado por los oponentes del New Labor y grupos de política mandelsoniana, sus opiniones están siendo exageradas por la prensa (precisamente) liberal, para escuchar los sentimientos de los suburbios del sur. Exclusivamente de modo receptivo, esto no admite la posibilidad de que los políticos cambien el escenario político (véase de nuevo el excelente artículo de Archer, de la nota 6). Incluso más importante es un argumento sobre políticas individuales (un soborno aquí, un soborno allí; no se trata de dar un salto) que la construcción de una visión alternativa, de un tipo diferente de sociedad, que podría afianzarse más ampliamente.
9. Sally Davidson, Stuart Hall, Michael Rustin y Jonathan Rutherford (2010),«Labour in a time of coalition», Soundings, 45; pp. 19-20.
* N.T.: Se refiere al secretario general del influyente sindicato anglo-irlandés

Unite.
10. Hay excepciones al no reconocimiento de la colectividad, la principal hoy en día es la asociación London Citizens. Pero la propia London Citizens se muestra contraria a los sindicatos en el discurso de sus portavoces, y está también afectada por problemas políticos (como los sindicatos) que deberían tratarse de manera más pública. Constantemente se ataca a los sindicatos por sus deficiencias percibidas. En cambio, London Citzens es idealizado.

11. Véase la p. 30 de Sally Davidson, Stuart Hall, Michael Rustin y Jonathan

Rutherford (2010), «Labour in a time of coalition», Soundings, 45; pp. 19-31.
Ideología y Economía en el momento actual (original inglés «Ideology and economics in the present moment») es parte del libro Doreen Massey: un sentido global del lugar, editorial Icaria (Barcelona) serie Espacios Críticos, traducción de Abel Albet y Núria Benach, 2012.

 

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